Un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma
Tenía que haber empezado a sospechar cuando puso Imagine en el coche. O mucho antes. Cuando me dijo que él organizaba un viaje sorpresa por Semana Santa que vas a alucinar. A-LU-CI-NAR. Ahí. Ahí tenía que haber salido corriendo hasta convertirme en un puntito en el horizonte.
Pero no lo hice y ayer me recogieron del trabajo los tres vagabundos a los que llamo marido e hijos, o cosas peores cuando estoy de mal humor, para empezar nuestras vacaciones semanasanteras. Sabía que dentro de unos días pasaríamos una semana en Lisboa, pero antes y después no tenía ni idea de lo que íbamos a hacer. Sorpresa. Un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma, como dijo Churchill, que no era un santo pero tenía más razón que un ídem.
Tres horas después, estábamos en un lugar llamado ORACIÓN Y REZOS. CENTRO DE ESPIRITUALIDAD. Vaya, parece que sí iba a alucinar. Ah, no, que Vagabundo no quiso hacerle caso al navegador, qué va a saber el navegador sobre la carretera de Trujillo al Pago de San Clemente más que él, y ese no era nuestro verdadero destino. Dimos la vuelta y nos pasamos el desvío seis veces.
Cuatro horas después de que me recogiesen, llegamos a la Casa Rural Finca El Azahar. Como lo oyes. Y no olía a azahar, sino a miedo y a matanza. Noche cerrada. Niños somnolientos.
Vagabundo todo nervioso: ¿Te gusta? ¿OS gusta? ¿Es bonitooooo?
Mi boca: Me gusta. NOS gusta. Precioso.
Mi mente: No me gusta. No NOS gusta. Es feo.
En cursiva, como los psicópatas.
Arrastramos las maletas por un camino de baldosas (¿amarillas? No, mal adoquinadas y llenas de fallos estructurales y estéticos) hasta una casita blanca, redonda, fría y bien de arañas.
Vagabundo, que, además de dar sopresas, es perspicaz, se percató de mi cara en proceso de descomposición y soltó: Estamos en el campo, qué quieres.
Quiero un spa. Un váter precintado. Cepillos de dientes de bambú cada mañana en el baño. Albornoces suaves. Moqueta. Sábanas planchadas. Luces de la ciudad desde mi ventana. Y una máquina del tiempo. Eso quiero.
Lo que no quería era discutir. Así que no dije nada. Nos embadurné a mí y a los niños con el antibichos orgánico de Badger. A él que lo piquen las arañas.
Después recé a todos los dioses que conozco, aunque soy atea, para que la escapada sorpresa no incluyese hacerme una foto debajo de un cerezo del Valle del Jerte.
Y nos dormimos sin lavarnos los dientes.
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